Publicado en apoyo psicológico por: Gemma Asarbai el 21-12-2012 archivado en Relatos

 
 
El Portal de Belén

 


Hace un par de años habría comenzado este artículo mencionando algo como: “En la sociedad consumista en la que vivimos, donde lo más importante es tener el último móvil que hay en el mercado, el mejor ordenador, las últimas consolas…”.

Pero, en la actualidad, no puedo introducir este artículo haciendo mención a ello, ya que, por desgracia, aunque algunas personas pueden seguir viviendo en esta sociedad, la gran mayoría tienen que vivir ajustando su escaso presupuesto para llegar a fin de mes.

Mediante mis palabras, no quiero transmitir desesperanza, sino todo lo contrario, me gustaría que, aunque os encontréis sumergidos en un pozo sin fondo, pensad que siempre existe un rayito de luz al final del túnel, que lo que nosotros no valoramos, otras personas, posiblemente en nuestro país o, en otros más lejanos, nunca puedan disfrutar.

Una de las experiencias que me hizo valorar todo lo que tengo fue la que voy a compartir con todos vosotros:

Corría el año 2009, cuando aún era estudiante de Psicología, visité mi correo electrónico esperando con ansia las últimas calificaciones de mis exámenes finales y, cual fue mi sorpresa cuando, en vez de ver una simple nota, recibí un correo mucho más impresionante:

Mi admirado profesor de la Universidad Miguel Hernández de Elche, Neurofisiólogo, Cooperante en Rwanda y Catedrático Dr. D. Mariano Pérez Arroyo había enviado un precioso correo a todos sus alumnos, en los cuales yo me incluía. El mensaje narraba lo siguiente:


Queridos amigos

El tiempo pasa y ya los días de Nochebuena y Navidad están a las puertas.

Estos días siempre han sido para mi y creo que para muchos de nosotros, una mezcla de sentimientos enfrentados y contradictorios. ¿Alegría? ¿Tristeza? ¿Melancolía? Solo cuando he pasado estos días fuera de España, en Rwanda, estos sentimientos han desaparecido.

No quiero decir que fuera más feliz, porque no sería cierto, pero si más equilibrado con mi vida y con mis acciones. Tal vez no había lugar para añoranzas, para pensar en el pasado, en lo que fue o en lo que pudo ser.

Solo había que actuar y vivir con intensidad unido a esa naturaleza, bella, pero cruel, como corresponde a una fuerza ciega y sin sentimientos.

La naturaleza cuida de la especie, no del individuo, es algo que quiero que siempre recordéis. El individuo, el ser único e irrepetible que nosotros representamos y veneramos, no es una parte importante en los mecanismos de la evolución.

Hoy quiero compartir con vosotros, como tantas otras veces, una historia real, una historia que forma parte ya de todo ese conjunto de vivencias que constituyen mi universo africano y que puede servir de cuento de navidad, en parte triste pero sobre todo esperanzado. Como es la Navidad.

En el año del 1997, ¡Cuánto ha pasado ya desde entonces!, estalló la guerra del Kivu. Miles de refugiados atravesaban todos los días la frontera de Congo y llegaban al Hospital en busca de ayuda.

Yo estaba en Rwanda con la idea de residir más de doce meses. Pensaba que al menos mientras la guerra durara y mi presencia pudiera ser útil, podría permanecer allí.

En diciembre comenzó el bombardeo de los campos de refugiados de Congo.
Miles de personas iniciaron una huida en todas las direcciones. Unos hacia la selva de Congo, muchos de estos murieron en el intento. Otros hacia Rwanda, donde pensaban que encontrarían ayuda y algún sitio donde vivir.

Transportaban en su cabeza todos sus enseres y algunos, los que habían salido desde el sur del lago Kivu, habían recorrido más de doscientos kilómetros a pie.

Nunca podré olvidar las imágenes de aquellos pies ensangrentados, envueltos en viejos trapos. Llegaban al hospital a centenares y les dejábamos dormir en los alrededores. En ocasiones al raso, otras, en especial si traían niños muy pequeños, en los edificios de los centros de salud, adscritos al hospital. Les dábamos comida por las mañanas, antes de que reiniciaran la marcha. Los niños y los adultos formaban una ordenada y silenciosa fila para recibir su ración.

La noche del 24 cenamos todos en la casa de los curas y después nos fuimos a atender a los refugiados y ver de sus necesidades. Recuerdo a una mujer que al saber que era medico, me mostró sus pechos llenos de abscesos, con unos huecos en los que cabía mi mano, lo que no impedía que siguiera dando de mamar a su hijo. No se quejaba, porque el umbral para el dolor es en estos mundos es elevado y nadie se queja sin ton ni son.

Después de curar sus heridas y darla un tratamiento de antibióticos para combatir lo que técnicamente se define como una mastitis, nos fuimos al centro de salud, un edifico próximo al hospital aunque independiente, donde protegidos por unas viejas techumbres, dormían muchos de ellos.

Estábamos repartiendo comida, cuando en un pequeño rincón, cerca de unas pilas que teníamos para fregar los utensilios, vi a dos jóvenes, hombre y mujer, que se habían arreglado un espacio propio, diferente. Sentados sobre unas harapientas mantas se afanaban en organizar sus propiedades.

Llamaron mi atención. Cuando me acerque a ellos vi que guardaban algo entre refajos de papel y telas.
Los miré y me miraron. Entonces con una cierta mirada de complicidad me mostraron su secreto. Entre aquellas viejas telas había un recién nacido.
¡Un niño había nacido unas horas antes!
Me lo mostraron con orgullo y con una gran sonrisa.
Me quede mirándolo con emoción y casi científica curiosidad. Todo arrugadito movía sus músculos sin más finalidad que la de ponerlos en marcha. Como un pequeño animal que tratara de ponerse de pie para iniciar la marcha al lado de sus padres. Para seguirlos en su huida.
Para salvarse de los depredadores que los acosaban. Sus ojos estaban cerrados y sus labios buscaban y se movían ya con un objetivo claro.
¡Buscaban el pecho de su madre! ¡Buscaban la vida!.

Ese fue y será siempre el primer y tal vez el único "portal de Belén", que vi y viví como testigo de excepción.

Aquel niño había nacido en el exilio y de unos padres que habían tenido que huir a causa de la guerra. ¡Había nacido en el camino!
¡Que real se hizo entonces para mí la narración del nacimiento de Jesús en Belén! Se puede o no se puede ser católico o creyente, pero nadie podrá de dejar de reconocer que cuando el cristianismo eligió la pobreza, la injusticia social y el sufrimiento de las gentes como base de su filosofía y de su moral, lo hizo de tal forma, que se adelanto en siglos a todos los conceptos hoy tan utilizados de los derechos humanos, de la igualdad y del amor.

Aquella imagen del "portal de belén", tan literaria, cobró realidad en mi pensamiento y me di cuenta, y más hoy, que en el día a día de Congo, de Darfur y de cualquier otro lugar olvidado del mundo, hay niños que siguen naciendo, en la pobreza, en la persecución, en la guerra.
¡Cuentos no nacerán estos días en los campos de Congo, donde más de 250.000 refugiados se acumulan bajo lonas y plásticos agujereados! Su primer contacto con el mundo será el cielo de una rudimentaria tienda de campaña.

La naturaleza es cruel pero es también sabia y da los medios. Porque a pesar de todo, el universo de esos niños será durante algún tiempo el cuerpo caliente de su madre, dulce y suave, del que recibirán calor y alimento. Algunos, ojala todos, cuando despierten a la realidad exterior, verán que la tragedia de la guerra es ya historia.
Ese es mi mejor deseo para ellos en este año.

Yo en aquel momento me puse en el lugar de aquellos jóvenes y me imaginé lo que podía significar en sus vidas el primer hijo nacido en esas condiciones, en el exilio, sin hogar y con un futuro desconocido e incierto.
Pero la vida había nacido de nuevo y en medio de la tragedia la alegría llenaba todos los corazones. La parte bella de la vida se hacía la dueña de la situación. En medio de aquellas desventuras la belleza brillaba todavía con más fuerza.

Les hicimos entrar en nuestra casa y las monjas, no se como ni de donde, sacaron ropas para aquel niño, que al cabo de unas horas se alimentaba del pecho de la madre con toda su fuerza.
No nos acostamos tarde, estábamos agotados de tantos días de trabajo y de emociones. La noche era cerrada y los fuegos encendidos por aquellos cientos de refugiados que dormían a la intemperie, daban una aire de serenidad al ambiente. Los niños habían dejado de llorar y el silencio se imponía.
Yo no podía conciliarme con mi sueño. No podía dejar de pensar en aquel niño, que aquel 24 de diciembre había nacido a la vida. Pero poco a poco mis ojos se fueron cerrando sin yo poder evitarlo. Al despertar, a la mañana siguiente, corrí a verlo de nuevo.

¡Ya no estaban!
Muy temprano los padres habían seguido la marcha en busca de algún lugar donde poder establecerse de forma más estable.

Querido niño, estés donde estés, te llames como te llames, espero que la vida te sonría. Nunca podrás imaginarte, que a miles de kilómetros de distancia, todos los años, alguien piensa en ti y cuenta tus años.
Este 24 de diciembre cumplirás once. Intuyo y se que estas bien y que cuando seas un adulto, tal vez el mundo ya no sea este mundo de hoy, lleno de injusticias y de desventuras. Y que tal vez tus hijos nacerán en el calor de un hogar, austero pero acogedor. Sin muchos objetos. Sin muchos lujos. Porque la belleza de la vida esta en las cosas sencillas, aquellas por las que no hay que pagar.

Feliz navidad a todos. Mariano.


Me encantaría poder transmitiros que esta desgarradora y bella historia es parte del pasado, pero, muy a mi pesar, según me ha confirmado mi profesor, “esta guerra olvidada sigue siendo una fuente de dolor y sufrimiento sin límites”.

Con el relato que os he expuesto, sólo pretendo solidarizaros con el mundo que nos rodea, permitiros disfrutar y compartir lo mucho o poco que tengáis. Sé que para muchos de vosotros son épocas difíciles, pero, el calor de una familia y un hogar puede suplir aquellas necesidades que tenéis y situaciones difíciles por las que atravesáis, que es más importante la calidad que la cantidad y que cuando se está rodeado de nuestros seres queridos lo importante no es disponer de las mejores cosas, si no ofrecer lo mejor de nosotros.

Con todo mi cariño os deseo Felices Navidades.

 
 
 
 
 
 
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