Publicado en apoyo psicológico por: Gemma Asarbai el 31-05-2012 archivado en Fobias

 
 
Gelotofobia

 


La Gelotofobia es el miedo a que se rían de tí.
Las personas que padecen esta fobia presentan una especial sensibilidad al ridículo causada por las risas ajenas. Y ello les puede llegar a generar ansiedad, sudores, mareos, temblor, etc.

Etimológicamente, procede del Griego fobos, que significa miedo y gelos, que se traduce por risa y, por tanto, puede definirse como miedo a las risas de los demás o al ridículo.

Principalmente, se suele presentar en personas jóvenes, generalmente adolescentes, que sufren la inseguridad y timidez propia de su edad. Pero, en los casos más graves, puede llegar a generar aislamiento social e, incluso, depresiones severas en la edad adulta.

Sería importante mencionar que, cuando esa burla no es figurada, sino real, nos hallamos ante el bullying o acoso escolar.

La gelotofobia se cataloga además como un fenómeno específico de la vergüenza, que se experimenta en fases tempranas (prelingüística) de la socialización.

La causa general del miedo a la risa ajena se identifica con repetidas vivencias traumáticas, en referencia a la sensación de haber hecho el ridículo o haber sido ridiculizado durante la infancia o la adolescencia.
Durante estas etapas de la vida, los jóvenes están formando aún su personalidad, por ello se encuentren en una fase muy sensible a cualquier reacción de los demás ante sus actos. Desarrollan su identidad a partir de las relaciones que establecen y las malas experiencias pueden marcar una huella importante difícil de borrar.

El tratamiento para la gelatofobia no se ha estudiado ampliamente y no existen intervenciones empíricas probadas para curarla. Sin embargo, es importante enseñarle a tolerar esas sensaciones o, dicho de otro modo, a reírse de sí mismo. Éste es un ejercicio muy sano cuando es natural.

De este modo, será más difícil desarrollar gelotofobia. Pero, si aún así sucede, debe ponerse en manos de un especialista.

La terapia más aconsejable es el tratarlo de modo progresivo, es decir, apartar al niño de situaciones sociales que puedan generarle miedo, para poco a poco ir progresivamente (empezando por las más sencillas) dejándole asumirlas y afrontarlas.

 
 
 
 
 
 
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